viernes, 20 de abril de 2018

SIRIA: GEOPOLÍTICA Y RELIGIONES

LUIS-FERNANDO VALDÉS,
@FeyRazon   lfvaldes@gmail.com

Después del bombardeo a Siria por parte de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, las distintas confesiones cristianas se han unido para denunciar las injerencias de las potencias mundiales y para rezar por el final de la guerra. ¿Las diferencias religiosas son la causa de la guerra en Medio Oriente?


1. Casus belli: las armas químicas. El “motivo de guerra” para el reciente bombardeo, en el barrio de Ghouta en Damasco, fue el uso –o el supuesto empleo– de armas químicas en Duma por parte del gobierno de Bashar al Asad, el pasado 14 de abril.

Aunque las versiones sobre la existencia o no de tales armas no son unánimes, porque Rusia insiste en que fue un montaje, la realidad es que este bombardeo fue un ataque que no contó con el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU, ni siquiera del Congreso de los Estados Unidos (BBC, 14 abr. 2018).

2. Geopolítica: formar nuevos estados confesionales. Para el obispo libanés Mounir Khairallah este conflicto pone en evidencia “la lucha de intereses entre potencias”. 

Según este obispo maronita, desde el s. XIX, bajo los motivos religiosos que utilizan las potencias dominantes para intervenir en Siria, se ocultan intereses políticos y económicos.

Según Mons. Khairallah, “los estadounidenses hablan expresamente de un nuevo Medio Oriente”, mientra que Israel y Arabia Saudita quieren “una geografía nueva con fronteras confesionales”.

En concreto, “como Israel es un Estado para los hebreos, se quisiera crear en Líbano un Estado para los cristianos, en Siria un Estado para los alawitas, otro para los sunitas entre Siria e Irak y una nación para los kurdos”, detalló el obispo (Vatican Insider, 14 abr. 2018).

3. La religión como pretexto para la geopolítica. En la visión de Mons. Khairallah, el papel de las Iglesias cristianas en la zona consiste en mostrar que “se puede vivir juntos entre religiones, confesiones, pertenencias políticas, pertenencias culturales”.

Sin embargo, las potencias internacionales “buscan la guerra para demostrar que no es posible vivir juntos”, pero esos conflictos conducen “hacia los fundamentalismos o hacia los extremismos que acaban en el terrorismo”, externó el obispo libanés (Ibídem).

4. “Una acción común a favor de la paz en Siria”. Esa fue la petición del Papa Francisco, durante el tradición rezo del Regina Coeli, en la plaza de San Pedro, al día siguiente del bombardeo. De esta manera, el Papa volvió a poner en el centro de la agenda mundial la crisis siria, una de sus prioridades geopolíticas y humanitarias desde que comenzó su Pontificado (G. Galleazzi, 15 abr. 2018).

El día mismo del bombardeo el Pontífice romano llamó por teléfono al Patriarca ruso, Kiril, quien afirmó que la Iglesia ortodoxa pretende seguir en diálogo con el Vaticano para “detener el derramamiento de sangre en Siria”.

El Patriarca declaró también que los obispos de Roma y Moscú han emprendido “esta iniciativa convencidos de que los cristianos no pueden permanecer indiferentes frente a lo que sucede en Siria. El nuestro fue un claro diálogo de paz” (Vatican Insider, 14 abr. 2018).

Epílogo. ¿Qué podemos hacer desde lejos por la paz en Medio Oriente? Lo primero es el deseo sincero de paz, que muchos expresamos mediante la plegaria. 

Pero también debemos tener un agudo sentido crítico, que nos ayude a entender que –hoy día– las diferencias confesionales no son un “motivo de guerra” real, de manera que no aceptemos que nos presenten los conflictos geopolíticos bajo la “tapadera” de una crisis religiosa.

EL RUMOR DE LAS GUERRAS

P. Mario Arroyo,
Doctor en Filosofía.
p.marioa@gmail.com

Los noticieros de todo el mundo se han hecho eco, una vez más, de la terrible crisis que se cierne sobre Oriente Medio: Siria en concreto, y que va siendo ya muy larga y alarmante al mismo tiempo. 



Hace no muchos años Francisco invitó a todo el mundo a orar por la paz precisamente en una crisis análoga, que presagiaba una conflagración mundial. Como por arte de magia se desvanecieron las tensiones, no así el drama de Siria, que no parece tener fin. 

Apenas en diciembre pasado celebrábamos el fin el Estado Islámico, pero ahora nuevamente la tensión internacional está al límite mientras, impotentes, estamos a la expectativa de poder alcanzar un arreglo diplomático.

Sin embargo, bien mirada, es triste la situación de la humanidad. Apenas hace unos meses estábamos en vilo con las tensiones entre Corea del Norte y Estados Unidos, que presagiaban también un posible conflicto nuclear. Las Olimpiadas de Invierno y el diálogo entre las dos Coreas disiparon los nubarrones de guerra; parece ser que se han enfriado las tensiones entre Coreanos del Norte y Estadounidenses. 

Pero no acabamos de salir de una posible crisis nuclear cuando entramos en otra. No nos queda sino rezar, y esperar una solución diplomática, pero la cadencia de conflictos y el peligro de su potencial destructividad invitan a reflexionar.

¿Hay futuro para la humanidad? Ahora no podemos hacer mucho, aparte de orar por la paz, confiando en que Dios con su Providencia algo tiene que decir en la historia y nos prepara algo mejor, sobre todo por su Misericordia, que en expresión de san Juan Pablo II, pone límite a la capacidad de mal y destrucción que anida en el corazón humano. 

Esperemos que no se cumplan ahora las profecías de Isaías 17, 3 (“Todo el Reino de Siria dejará de existir, al igual que la ciudad de Damasco… Yo soy el Dios todopoderoso y juro que así será”).

Pero, además de rezar, debemos reflexionar: ¿cómo hemos llegado a este extremo?, ¿cómo es posible que cada momento vivamos con el “Jesús en la boca”, amenazados por la suma de todos los miedos, el temor de un conflicto mundial, de una guerra nuclear? 

Algo estamos haciendo mal. Hay que ir a las raíces, pues la oración y la diplomacia pueden superar este problema, pero con monótona cadencia se repetirá si no hacemos algo, y basta una vez que la diplomacia no funcione para que quizá no tengamos ni siquiera la posibilidad de lamentarlo.

En el fondo de todo este caos se evidencia una crisis moral: a un impresionante desarrollo científico y tecnológico no le ha correspondido un progreso moral en la sociedad, más bien todo lo contrario. Por eso estamos en vilo, dependiendo del gobernante prepotente en turno, poseedor de la llave que controla el arsenal nuclear. Si es impulsivo e inmaduro, puede jugarle una mala pasada a toda la humanidad: excesivo poder en manos de quien carece de brújula moral, autocontrol y límites bien establecidos. 

Es como tener tendencias suicidas y guardar un revólver cargado en un cajón “por si se ofrece”.

Dicho mal y pronto, la causa de estos dolores de cabeza mundiales es la desproporción ente crecimiento técnico y retroceso moral. 

La solución es intentar un desarrollo armónico de la humanidad, que sin menospreciar la ciencia y la técnica, propicie también un crecimiento primero moral, y más tarde político, que nos permita dormir tranquilos, con la seguridad, por lo menos, de que no seremos nosotros mismos quienes nos aniquilaremos.

Pero eso comienza con la educación y las prioridades de una sociedad. Cuando para un estado son más importantes las matemáticas y la técnica que las humanidades, no podremos extrañarnos después de carecer de las herramientas conceptuales necesarias para saber que no todo lo que podemos hacer técnicamente debemos hacerlo, es decir, tener límites.

Actualmente vemos cómo se reducen los cursos de humanidades y se potencian los de matemáticas. Bien, pero eso nos convierte en mejores piezas de una sociedad monstruosa despojándonos de la capacidad crítica para dirigirla. Nos vuelve engranajes de un sistema inhumano, quitándonos las herramientas necesarias para cuestionar y orientar el sistema.

Todo se sacrifica al éxito, a la producción, a la productividad, al crecimiento económico. Pero no se nos dice nada del porqué de esa frenética carrera, ni cómo resolver los inevitables conflictos que surgen en esa inhumana competición.

Es preciso, en consecuencia, recuperar el valor inconmensurable de las humanidades, de la reflexión y de la ética. Con el tiempo sanearán la política y, presumiblemente, dejaremos de pasar estos sustos continuos… Eso si lo hacemos a tiempo, esperemos que no sea demasiado tarde. 

Siempre es tiempo de redescubrir el valor factor humano, más importante que el éxito, la eficacia y la productividad. La dignidad del hombre nos recuerda que siendo parte de la naturaleza la trasciende, y que, además de las ventajas personales o nacionales, existen otros criterios de actuación que vale la pena considerar atentamente.

martes, 17 de abril de 2018

¿UN CATÓLICO, PROFESIONISTA NORMAL, PUEDE LLEGAR A SER SANTO?

1) Para saber

Hoy en día es común que se nos ofrezcan cursos, publicaciones, conferencias o mensajes en youtube o whatsapp sobre superación personal, y que se nos invite a desarrollar nuestras capacidades: físicas, mentales, profesionales, etc. Últimamente se han multiplicado los “gym” o “Escuelas de superación”. Es natural, pues nacemos con muchas posibilidades para desarrollarnos e irnos perfeccionando. Podemos afirmar que Dios nos creó con la tarea de hacerlo cada uno según sus posibilidades y de modo ordenado. De hecho, Nuestro Señor nos recuerda: “Sean perfectos, como su Padre celestial es Perfecto”. Podemos afirmar que Dios nos crea para la verdadera perfección. Ese llamado a la perfección es un llamado a la santidad y a ello dedica el Papa Francisco su último escrito.


El Papa publicó su tercera exhortación apostólica el pasado 9 de abril de 2018. Su nombre es ‘Gaudete et Exultate’, es decir, “Alegraos y regocijaos”. Como sucede en estos documentos, se toma el título de las primeras palabras con que comienza. El Papa eligió las palabras de nuestro señor Jesucristo del llamado “Sermón de la montaña”. Jesús invita a alegrarse en el caso de padecer por Él, “porque vuestra recompensa será abundante en los cielos” (Mt 5, 12). La alegría viene de mirar las cosas con esperanza y visión sobrenatural. Así, se puede ser alegre aún en medio de sufrimientos.

2) Para pensar

Desde el origen de la cultura occidental, los griegos intentaron dar una definición del hombre. Con acierto Aristóteles logró definirlo: “el hombre es un animal racional”. Sin embargo, fijándose en lo que puede llegar a ser, San Gregorio Nacianceno formuló otra: el hombre “es un ser viviente capaz de ser divinizado” (Discursos, XLV, 7). Donde se nos muestra que el hombre ha sido creado con un fin, con una meta: su perfección, su santificación. La divinización del hombre consiste en que la imagen divina sea cada vez más fidedigna.

Esta imagen, salida pura de las manos de Dios, ha sido perturbada por el pecado, pero ha sido restaurada por Cristo con su muerte y resurrección. Redención, en efecto, significa restauración de la imagen divina en el hombre.

Pensemos si con la vida que llevamos nos vamos acercando a esa santificación que Dios desea para cada uno.

3) Para vivir

El objetivo de su escrito lo señala el Papa al inicio: “Hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades”. Y nos exhorta: “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó”.

Dios nos quiere santos, dice el Papa, y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre o licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi Presencia y sé perfecto» (Gn 17,1).

El texto consta de cinco capítulos y en los próximos artículos se considerarán algunos puntos de la Exhortación que nos ayuden a luchar a alcanzar la santidad en las circunstancias de nuestra vida común, ordinaria, de todos los días y en medio del mundo, sin importar qué oficio o actividad profesional desarrollemos, con tal de que sea un trabajo honrado y busquemos agradar a Dios mediante una actividad bien hecha y acabada con perfección, dentro de nuestras lógicas limitaciones humanas.

Pbro. Dr. José Martínez Colín, 

sábado, 14 de abril de 2018

LA BÚSQUEDA DE DIOS: UNA FACETA IGNORADA DE OCTAVIO PAZ

El próximo 19 de abril, se cumplirá el vigésimo aniversario del fallecimiento del poeta y ensayista mexicano, Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990. Su legado a las Letras y al pensamiento han sido de una riqueza inconmensurable. Por ello, me parece de justicia revalorar su obra literaria, cuya calidad -de manera indiscutible- se agiganta con el paso del tiempo, y por otra parte, considero necesario revelar a los lectores una faceta poco conocida en este escritor: su apasionada búsqueda de Dios.


Más de alguno se preguntará, no sin cierta sorpresa: ¿Pero Octavio Paz no fue un ateo o agnóstico? Por increíble que parezca, nuestro Premio Nobel siguió un largo y tortuoso itinerario ideológico. Desde su infancia, recibió formación católica. Al llegar la juventud entró en una crisis religiosa y abrazó la doctrina del marxismo-leninismo, al punto que –durante la Guerra Civil Española- decidió ir al país ibero para apoyar la causa republicana.

Pero, en septiembre de 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (U.R.S.S.) y Alemania decidieron repartirse como botín de guerra el territorio de Polonia. Paz se convenció que José Stalin era tan dictador como Adolfo Hitler y que todo ese discurso del dirigente ruso de trabajar “por el bien de las causas del proletariado y de las aspiraciones obreras” no era más que demagogia. Sus reflexiones se recogen en un espléndido libro titulado El Ogro Filantrópico, que constituye una dura crítica al sistema comunista. Y demuestra, con sólidos argumentos, cómo históricamente esta utopía socialista ha engañado a millones de sus seguidores.

Como consecuencia de su desencanto por el Comunismo, el ilustre poeta mexicano inició un prolongado “camino de búsquedas”, como solía decir, dentro de las corrientes de pensamiento vanguardistas de su época. En su libro Itinerario –de carácter autobiográfico- manifestó que no le agradaba que lo etiquetaran de “ateo” ni de “agnóstico”, porque él se consideraba un hombre abierto a lo Trascendente, “a la Otredad”.

En los años sesenta, fue designado Embajador de México en la India. En ese país oriental conoció de cerca la religión Budista. Hizo un notable esfuerzo por adentrarse en ella y entrar en comunión con esa creencia, pero relata que en ella no descubrió a Dios, sino “una especial vacuidad”, la nada; un angustioso vacío que le producía vértigo…

Tiempo después comentaba: “Descubrí que de oriente me separa algo más hondo que el cristianismo: no creo en la reencarnación. Creo que aquí nos la jugamos del todo, no hay otras vidas”.

En una célebre entrevista que le hizo el reconocido político y periodista, Carlos Castillo Peraza, el Nobel de Literatura le confió que en la India tuvo un nuevo acercamiento hacia el cristianismo.

Relata que, cierto día, entró en una iglesia católica y un sacerdote estaba celebrando Misa. Con sencillez reconoce: “La escuché con fervor. Lloré. (…) Sentí la presencia de eso que han dado en llamar la “Otredad”. Mi ser ‘otro’ dentro de una cultura que no era la mía. Mi identidad histórica”. 

Y concluía: “Dialogo con esa parte de mí mismo que es más que el hombre que soy porque está abierta al infinito. (…) Hay en los hombres una parte abierta hacia el infinito, hacia la “Otredad”.

El ser humano -añadía- no es el resultado de la ciega casualidad. Y consideraba que el hombre de nuestro tiempo había caído en una profunda crisis espiritual al haberse dejado arrastrar por el relativismo, el agnosticismo y el materialismo hedonista.

Es reveladora esta declaración en el ocaso de su vida: “Voy a cumplir ochenta años. (…) A esta hora Don Quijote se resigna a ser Alonso Quijano y se dispone a poner en orden su alma”.

En uno de sus últimos y más bellos poemas, titulado “Hermandad”, escribió: “Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas me escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en ese mismo instante / alguien me deletrea”.

Finalmente, Paz comprendía que pertenecía a un Dios Creador, más cercano a él de lo que imaginaba y que, además, buscaba comunicarse íntimamente con el poeta. El Nobel manifestaba un hondo gozo, como quien descubre un tesoro largamente buscado, su finalidad última, con ese cristalino y significativo verso: “alguien me deletrea”. 

El escritor J.M. Cohen afirma que: “La búsqueda de Paz es en esencia religiosa”.

“Paz no soslaya -comenta Rafael Jiménez Cataño, especialista en este poeta- la parte escatológica de la Otra Vida. Pienso que podemos decir con cierta confianza que el ansia de felicidad es también ansia de inmortalidad. Queremos ser felices para siempre”.

Después de una apasionada búsqueda, como en círculos concéntricos, Octavio Paz descubrió a un Dios que es Eterno, y por tanto, no tiene principio ni final. Además, es fuente de la Felicidad Última. 

Sin duda, estos descubrimientos suyos se revelan como de gran actualidad y vigencia para las personas de nuestro tiempo.

Raúl Espinoza Aguilera,
@Eiar51

viernes, 13 de abril de 2018

¿QUIÉNES SON LOS GNÓSTICOS?

En su más reciente documento, “Gaudete et exsultate”, Francisco dedica un apartado completo a los gnósticos. Pero ¿quiénes son?, ¿qué hacen?, ¿por qué su doctrina es peligrosa para la Iglesia?


1. Una vieja doctrina. “Gnosis” en griego quiere decir “conocimiento” y –como explicaba un querido profesor mío, ya fallecido, don Lucas Mateo-Seco– en el Nuevo Testamento, se llama gnosis al conocimiento de las realidades divinas, recibido por la fe como fruto de la amistad con Cristo.

En su artículo, Mateo-Seco hace ver que hubo un gnosticismo ortodoxo (el de los Padres de la Iglesia) y otro heterodoxo. Según S. Ireneo y S. Epifanio, los gnósticos no constituyen una herejía cristiana, sino una falsa religión, que tomó su ropaje externo del cristianismo.

Básicamente, esta doctrina sostiene que cada persona ya tiene “dentro de sí” el contenido de la revelación divina, la cual no sería ya lo que dice la Escritura o la Iglesia, sino lo que cada uno descubre dentro de sí mismo.

Por eso, el gnóstico busca “dentro de sí mismo” la sustancia de la propia salvación, y espera encontrarla inevitablemente, ya que ha nacido con ella. De ahí que pueda darse, “gnosis sin salvador, pero no salvación sin gnosis”; es decir, no haría falta acudir a Jesús para salvarnos.

2. La tentación de vida cristiana sin Cristo. Aquella misma doctrina se ha hecho presente, dos mil años después, “con alarmante actualidad”, también en la Iglesia de nuestra época, y se manifiesta en la actitud de quienes se aferran a la “seguridad doctrinal”, pero sin interesarse realmente ni de Jesucristo ni de los demás (Cfr. Gaudete et exsultate, 35).

Se trata de personas que piensan que ya resolvieron su situación existencial o su vida espiritual por el mero hecho de que su mente halla alcanzado claridad, a través del estudio de la Biblia o de la Teología.

Pero en realidad no es así, porque al reducir la revelación divina a su “enciclopedia de abstracciones”, se alejan de Dios y de los demás, pues prefieren “un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo” (Cfr. n. 37).

3. Un problema real y actual. El Papa hace ver que “esto puede ocurrir dentro de la Iglesia”, tanto en los laicos de las parroquias como en profesores católicos de Filosofía o Teología, quienes caen en el gnosticismo al “creer que con sus explicaciones ellos pueden hacer perfectamente comprensible toda la fe y todo el Evangelio”.

Además de pretender reducir todo el conocimiento de Dios a lo que cabe en su mente, estas personas hacen difícil la vida a quienes los escuchan, pues “absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan” (Cfr. n. 39).

Y quien “tiene respuestas a todas las preguntas” posiblemente “usa la religión en beneficio propio, al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales”, olvidando que “Dios nos supera infinitamente”. Quien lo quiere todo claro y seguro “pretende dominar la trascendencia de Dios”, explica el Papa (Cfr. n. 41).

Francisco advierte también de una “peligrosa confusión” gnóstica: la de creer que porque sabemos algo o podemos explicarlo con una determinada lógica, “ya somos santos, perfectos, mejores que la ‘masa ignorante’.” Pero en realidad, ese conocimiento debería llevar a amar más a Dios y a ser misericordiosos con el prójimo (Cfr. nn. 45-46).

Epílogo. El gnosticismo actual toma forma de un docto “individualismo”, que se apoya en la autosuficiencia académica y en una autosuperación sin ayuda. Por eso, el Papa Francisco nos reorienta hacia el camino correcto, tanto a creyentes como a no creyentes, pues a todos nos recuerda, por una parte, que nuestra mente no agota la realidad ni sustituye a Dios y, por otra, que no nos podemos olvidar que nuestra vida está en relación con el próximo más necesitado de comprensión y ayuda.

Luis-Fernando Valdés,
@FeyRazon lfvaldes@gmail.com

miércoles, 11 de abril de 2018

¿CÓMO ENCONTRAR LA SANTIDAD EN MEDIO DEL MUNDO ACTUAL?

El Papa Francisco vuelve al núcleo de la cuestión: ¿qué significa ser cristiano?, y no en abstracto, sino en el mundo de hoy, tal como es, con sus problemáticas y desafíos. ¿Qué
significa seguir a Cristo?, ¿cómo se manifiesta ese seguimiento en nuestra vida diaria y en la sociedad? La respuesta solo puede ser una: santidad. 



Con su nueva Exhortación Apostólica “Gaudete et exultate”, valga la redundancia, nos exhorta a ser santos, o lo que es lo mismo, cristianos auténticos. ¿Qué quiere decir eso? Nada más y nada menos que tomarnos a Dios en serio, tomarnos el mensaje de Jesús en serio, tomarse en serio el compromiso bautismal hasta sus últimas consecuencias. Es decir, si somos, ¡somos!; si vamos a seguir a Cristo, que sea de verdad. 

Se trata de una invitación a ser católicos cien por cien o, si se prefiere, a no ser mediocres y a esforzarnos por vivir en plenitud la llamada que a todos Dios nos dirige.

Y es que ciertamente un cristianismo aguado no llena a nadie: ni a la sed de eternidad e infinito que anida en nuestros corazones, ni a las acuciantes necesidades de nuestra sociedad.

Solo es capaz de llenar el corazón y responder a los desafíos del mundo secularizado un cristianismo vivido con radicalidad. Por eso Francisco comienza y termina del mismo modo:

“Mi humilde objetivo es hacer resonar el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades” (n. 2). “Espero que estas páginas sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad. Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos” (n. 177).

Ahora bien, Francisco, sin aguar la santidad, precisa y delimita este concepto, de forma que sea muy cercano y accesible. Por eso nos anima a “perder el miedo a ser santos”, y nos recuerda que todos podemos serlo. 

Quiere quitarnos el cliché de que el santo por ser extraordinario es raro, haciéndonos considerar que en realidad la santidad estriba en hacer extraordinariamente las cosas ordinarias.

En este sentido, quizá los pasajes más deliciosos del texto, son aquellos en los que Francisco deja entrever su talante pastoral, su cercanía a las personas y realidades concretas, que describe además, sugestivamente, con expresiones cargadas de significado: “Los santos de la puerta de al lado” o “la clase media de la santidad”, dejando ver que es nuestra existencia cotidiana el lugar por excelencia de nuestro encuentro con Jesucristo y de la realización de nuestra misión.

Dos ejemplos: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (n. 7). 

Y poco más adelante: “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. 

¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa… ¿Eres trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (n. 14).

Muchos más ejemplos de la materialización y concreción de la santidad en la vida corriente nos ofrece Francisco, porque, eso sí, se manifiesta “enemigo” de las teorías, busca una santidad encarnada en actos concretos de personas concretas. 

Vale la pena leer personalmente el sugestivo texto desentrañando su riqueza pero, sobre todo, viendo cómo podemos incorporar sus continuas invitaciones a nuestra vida diaria.

Cabe decir, sin pretensiones de exhaustividad, que el documento abunda en dos de los peligros que acechan a la espiritualidad católica y que Francisco con frecuencia ha denunciado: un nuevo gnosticismo y una nueva forma de pelagianismo (El último documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, “Placuit Deo” aborda expresamente esta
problemática). 

Concreta esa búsqueda de la santidad siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, particularmente las Bienaventuranzas y “el gran protocolo” (así lo denomina) contenido en el discurso que san Mateo nos transmite (25, 31-46) donde resumidamente afirma: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. 

Alerta contra el principal enemigo de la santidad, que es una entidad espiritual y personal, el demonio (cuando recientemente algunos habían puesto en duda su existencia) y muchas cosas más.

Queda una pregunta en el aire, ¿le faltó algo? Aunque expresamente aclara al principio que no busca agotar el tema y tratar todo lo que se refiere a la santidad, a juicio personal se nota un vacío importante en lo que se refiere a la santidad en las circunstancias reales del mundo actual: Reconocer el valor que tienen las distintas formas de trabajo en sí mismas, como camino y llamada para reconciliar el mundo con Dios. 

Es decir, afirmar que se puede santificar el trabajo mismo y no solo santificarse con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo.

Como decía san Josemaría Escrivá de Balaguer: "El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor", reconociéndolo así como una categoría teológica, como una misión y una forma de consagrar este mundo para Dios. Quizá le faltó a Francisco conocer o tomar más en cuenta las enseñanzas de este santo contemporáneo.

P. Mario Arroyo,
Doctor en Filosofía.
Correo: p.marioa@gmail.com

martes, 10 de abril de 2018

¿DÓNDE SOSTENGO MI ANCLA?

1) Para saber

“La resurrección de Cristo es la verdadera esperanza del mundo, que no defrauda”, ha dicho el Papa Francisco el domingo de Pascua, desde el balcón de la basílica de San Pedro.



La fuerza del amor, enfatizó el Papa, hoy también da frutos en los surcos de nuestra historia, marcada por tantas injusticias y violencias: “Lleva frutos de esperanza y dignidad allá donde hay miseria y exclusión, hambre y falta de trabajo… víctimas del narcotráfico, de la trata de personas y de las esclavitudes de nuestro tiempo”.

2) Para pensar

Durante sus vacaciones en la costa, una familia presenció una gran tempestad. Las olas subían a enormes alturas mientras que los vientos fuertes sacudían violentamente las embarcaciones que estaban amarradas al muelle.

Un niño de doce años, que miraba desde la ventana, se fijó en que sólo la boya flotaba serenamente en aquel turbulento mar y se mantenía en su lugar a pesar de los vientos fuertes. Así lo comentó en su casa: “Aunque se hundía de vez en cuando, siempre volvía a subir sin daño y en el mismo lugar”.

Entonces el papá les explicó que la boya se mantenía firme a pesar del viento fuerte porque estaba amarrada a un ancla en el fondo del mar, y agregó que también así es nuestra vida. Cuando nuestra fe está anclada en Cristo podemos enfrentarnos sin temor y con calma a cualquier viento contrario en la vida. No existe bendición como la de una perfecta confianza en el Señor.

Sucede que al poner nuestra esperanza en algo pasajero y superficial como un afán desordenado de éxito, placer, poder o dinero, conduce a perder la paz, pues no suelen ser duraderas ni confiables. Pensemos en qué tenemos puesta nuestra “ancla”.

3) Para vivir

Jesús mismo había preanunciado su muerte y resurrección con la imagen del grano de trigo. Decía: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Esto es lo que ha sucedido: Jesús, el grano de trigo sembrado por Dios en los surcos de la tierra, murió víctima del pecado del mundo, pero en su muerte estaba presente toda la potencia del amor de Dios, que se liberó y se manifestó el tercer día, y que celebramos: la Pascua de Cristo Señor.

“Esta es la fuerza del grano de trigo, la del amor que se rebaja y se entrega hasta el final, y que realmente renueva el mundo…, por ello la muerte, la soledad y el miedo ya no son la última palabra”, dijo el Pontífice.

Con Cristo resucita nuestra esperanza creativa para enfrentar los problemas actuales, porque sabemos que no estamos solos. Esto se canta en el Pregón Pascual: la Resurrección de Cristo «ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos».

El Papa hizo la observación de la gran cantidad de flores que habían preparado para la celebración y comentó: “En algunos lugares se llama también Pascua florida porque florece el Cristo resucitado: es la flor nueva; florece nuestra justificación; florece la santidad de la Iglesia. Por eso tantas flores: es nuestra alegría”.

Pbro. Dr. José Martínez Colín,