viernes, 6 de diciembre de 2019

HERIDAS E IDEALES JUVENILES

P. Mario Arroyo,
Doctor en Filosofía.
p.marioa@gmail.com

Hemos sido testigos del incremento de protestas estudiantiles. Podemos estar a favor o en contra, podemos indignarnos o secundar su causa, en cualquier caso, pienso que podemos sacar, por lo menos, dos cosas en claro: el incremento en el activismo supone necesariamente un resurgimiento de los ideales; grandes sectores de la juventud están heridos, comienzan la vida en un clima de conflicto y experimentan un enorme hueco en el corazón.


Podríamos cuestionarnos si los ideales que enarbola la juventud activista en la actualidad son correctos, podríamos sospechar que en realidad están siendo manipulados, piloteados a distancia, utilizados como tontos útiles por oscuros e inconfesados sistemas de poder político y económico. Es verdad. El tiempo lo dirá y pondrá en evidencia los sucios manejos, el teje y maneje, quién sale beneficiado de todo este barullo. 

Pero, en cualquier caso, pienso que es mejor tener una juventud embriagada de ideales, aunque sean equivocados, que una masa abúlica de jóvenes, igualmente manipulados y domesticados como dóciles consumidores, carentes de una visión crítica de la realidad.

El ideal supone pensamiento, el pensamiento implica una actitud crítica, el activismo supone salir de la propia comodidad y descubrir que la vida tiene un sentido, que es preciso descubrirlo y que vale la pena luchar por algo.

Ahora bien, ¿cómo corregir el ideal equivocado? No hay recetas, algunos nunca saldrán de su error, otros lo abandonarán por cansancio, pero a muchos más la vida misma les dará experiencia, los despojará de su ingenuidad, les llevará a ser críticos también de su ideal y del modo de reivindicarlo. 

Podrán, en ese momento, corregir el rumbo, rectificar o de plano cambiar, si descubren que estaban absolutamente equivocados. Cuando enseñas a un joven a pensar y cuando descubre que la vida vale y se saborea si se tiene un compromiso y un ideal por el cual luchar, no puedes prever los resultados, pues entra en juego la creatividad de la libertad y lo indeterminado de la existencia.

Aunque la libertad es un riesgo, siempre es mejor que la pasividad. Se puede exagerar en el espíritu crítico, pero supone ponerse en ejercicio y pensar, y el resultado de ello es imprevisible.

Ahora bien, los jóvenes que comienzan a despertar, que enarbolan ideales en la época de la post-verdad están heridos. Y no porque su vida haya sido muy difícil o hayan estado sometidos a profundas privaciones, más bien al contrario: porque han crecido solos y en un ambiente falso, ideologizado, artificialmente creado al servicio de intereses políticos, económicos y culturales soterrados. Se les ha desvinculado de su entorno natural, la familia y se les ha arrojado prematura e inmisericordemente a una sociedad de la apariencia, que los pisa y los corroe por dentro, aumentando ese dramático vacío interior.

¿Por qué afirmo esto? Cada vez es más frecuente encontrar jóvenes depresivos, medicados, que necesitan ir al psiquiatra o al psicólogo. Jóvenes que no pueden dormir, que sufren en soledad, que han crecido en un entorno familiar disfuncional, carentes de modelos cercanos de lo que significa ser padre, madre e incluso persona. 

Jóvenes que en su inmadurez han tenido que enfrentar decisiones dramáticas, y así, personas que no pueden comprar una cajetilla de cigarros en la tienda han tenido que decidir si abortan o no, o han aconsejado a sus amigos al respecto. Han tenido que decidir sobre la vida de terceros personas que no pueden viajar sin el permiso expreso de sus padres. 

Han contemplado el daño y los estragos que el alcohol y las drogas causan en ellos o sus amigos. Han sido inducidos prematuramente a la vida sexual, sin que nadie les haya explicado su sentido, a lo más sus madres les han dado un par de condones para que tengan en su cartera. 

Chicas que han tenido que recurrir a la prostitución para pagar sus estudios universitarios, etc.

El resultado de todo ello es una juventud carente de un modelo claro de lo que significa ser persona, de lo que es la vida y la familia. Han crecido en un entorno hostil, donde solo se busca hacer de ellos consumidores, dependientes de una multitud de productos superfluos. Les han prometido una felicidad espuria y sin sentido. Las protestas sacan a la luz algo que se cuece dentro, llevan a la superficie toda esa efervescencia interior, ese malestar del alma mal gestionado. 

Por ello, más allá del contenido concreto de sus reclamos, con los que podemos estar más o menos de acuerdo, quizá podamos poner atención en todo ese dolor reprimido e inconfesado, en la situación dramática y confusa en la que han comenzado a vivir, en intentar comprender lo que llevan dentro buscando crear empatía; esforzarnos por desmentir el refrán que sentencia: “árbol que crece torcido, su tronco jamás endereza”.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

¿CÓMO SE CONSOLIDA EL AMOR EN EL MATRIMONIO?

Raúl Espinoza Aguilera,
@Eiar51

El amor entre los esposos no se improvisa ni germina por “generación espontánea”. Es una labor que se va consolidando día con día. Con paciencia, con cariño. Está construido a base de cosas pequeñas buscando “estrenar” ese afecto cotidianamente.


¿Cómo? Decirle, por ejemplo, a la esposa un “te quiero” no mecánicamente sino con el corazón. Continuar teniendo los mismos detalles de servicio como cuando eran novios: acercarle la silla en la mesa de un restaurante; elogiarle algún éxito profesional o cómo la quedó la comida; si llevan un vestido apropiado y elegante; si alguno de los dos está preocupado por una importante reunión de trabajo infundirle confianza y seguridad. Aprender a comprender al otro cónyuge cuando está aparentemente inexpresivo porque se encuentra con un malestar estomacal o con un fuerte resfriado; pasar por alto roces sin trascendencia. En estos ejemplos estoy considerando que ambos esposos tienen su respectivo quehacer profesional.

De esta manera, nos percatamos que el matrimonio también es “un trabajo” que tiene retos y desafíos. En primera instancia, para mantener la unidad de los dos; luego el crecer en virtudes; renovar los compromisos adquiridos y estar pendientes de la formación de los hijos.

Es frecuente escuchar en algunos esposos la queja de que “se les ha pasado el entusiasmo y el afecto”; “que han perdido la ilusión de la primera vez” y llegan a una nefasta conclusión: “este ciclo ya se cerró”, es decir, que lo mejor es separarse o divorciarse.

Y es que la unión matrimonial no debe estar cimentada en “sentimentalismos” o consuelos sensibles ya que eso es muy voluble y poco consistente. Para que sea una relación firme y bien determinada debe estar fundamentada en la razón, la voluntad y la libertad. De tal manera que cada esposo pueda decir en los momentos de prueba: “Precisamente porque te quiero, ejerzo mi voluntad para quererte libremente cada vez más, aunque me moleste este detalle tuyo”.

Independientemente que se le ayude al cónyuge a corregirse en ese defecto concreto.

De ahí que la fidelidad entre los esposos no debe de tener una connotación negativa o peyorativa. ¡Todo lo contrario! Les ayuda a madurar como cónyuges y contribuye a la felicidad de los hijos.

¿Qué detalles pueden contribuir a estrechar esos lazos de afecto? Salir solos a cenar, al cine o hacer deporte juntos con cierta periodicidad; cuidar los momentos para planear la educación de cada uno de los hijos y de qué manera concreta ayudarles; manifestarse mutuamente el cariño sin sequedades o inhibiciones; hacer una lista de las cosas buenas que tiene el otro cónyuge para cuando aparezcan las pequeñas fricciones; darles especial atención a los familiares enfermos y más necesitados.

¡Qué gusto me da observar las fotografías de familias numerosas con los abuelos ya mayores, los hijos y los numerosos nietos! Esos inolvidables rostros de felicidad lo dicen todo: que sí es posible ser fieles hasta la muerte; que cada hijo y nieto son frutos vivientes de su gran afecto y cariño. Y con naturalidad dan un admirable ejemplo a otros matrimonios para imitarles en su camino de amor.

MÉXICO, ¿EN MODO "BANANA SPLIT"?

Mtro. Rubén Elizondo Sánchez,
Departamento de Humanidades de la
Universidad Panamericana. Campus México.
rubeliz@up.edu.mx

Comparto dos argumentos que esgrimen con frecuencia los intelectuales no cristianos contra los intelectuales cristianos:


Más o menos dicen así:

- “Tú aceptas contenidos de verdad que no pones en duda y, por lo mismo, son argumentos a priori. Se refieren a verdades dadas y eso te compromete con una verdad...”

- “Nosotros, en cambio, no partimos de verdades dadas, solo buscamos la verdad. Como no aceptas analizar mis puntos de vista ni adoptas mi hermenéutica, tú solo te excluyes del diálogo racional. Renuncia a tu verdad y situémonos al mismo nivel...”

Encontré, para el caso, la siguiente argumentación de Juan Pablo II quien afirma: “La relación del cristiano con la filosofía –con la razón--, pues, requiere un discernimiento –distinción, diferenciación—radical”. “En este punto todo intento de reducir [...la fe...] a pura lógica humana está destinado al fracaso. (Op. Cit. n.23)

Desde los orígenes, la fe cristiana respondió mejor. Apoyó a la razón, la iluminó, nunca la desorientó. Hasta podría decirse que el cristianismo irrumpió en la historia como la religión de la razón. ¿Su atractivo? Muy original y único: Una razón que trascendía completamente los modos humanos de pensar, pero que no los anulaba en modo alguno.

Esto demuestra, en mi opinión, que la inculturación de la Revelación cristiana en los modos de pensar grecolatinos no pudo ser fruto del azar.

La religión católica naciente expresaba la natural afinidad entre el Dios de Abraham y la filosofía griega que descubrió en la razón humana el instrumento para alcanzar la verdad.

La fe cristiana, lejos de operar como un retroceso a lo irracional, templó la razón misma y la espoleó hacia sus más altas cumbres. Curiosa esta fe de la iglesia. Invitaba a los hombres a creer en el poder de su propia razón.

Tantos logros obtenidos en el campo de la técnica, el derecho, la filosofía, la ciencia, la literatura, etc. confirman la sospecha de que en occidente, frente a las otras grandes civilizaciones, hemos jugado con ventaja. 

Con este fundamento, Europa se elevó por encima de la barbarie posterior a la caída del imperio romano de occidente.

A partir del s. II dC y en adelante, los intelectuales cristianos consumarán la unión entre el cristianismo y la cultura clásica grecolatina, que ha llegado hasta nuestros días.

Ahora más que nunca, se necesita una síntesis de saber humano. Pero no tipo “banana split” (una parte de chocolate, otra de plátano, un poco de helado, y cerezas).

Urge recuperar los conocimientos humanos que son perennes, que nunca cambian. La razón y la fe gozan de un lugar central en la formación humanista.

Valores como libertad, racionalidad, individualismo, solidaridad, trabajo, sociabilidad, seguridad, eficacia, que informan nuestro actuar, implican un componente filosófico-teológico indiscutible.

En pocas palabras, el tejido de nuestra cultura occidental está forjado con los hilos maestros de Grecia, Roma y el Cristianismo. Vale la pena restablecerlos. 

Creo conocer lo que México demanda en el siglo XXI: es indispensable asumir nuestros orígenes para lograr una idea clara de quién es el hombre, de su papel en el mundo, y del sentido de la propia vida.

domingo, 1 de diciembre de 2019

LA FORMACIÓN EN LAS VIRTUDES DE LOS HIJOS

Raúl Espinoza Aguilera,
@Eiar51

Es frecuente escuchar en los padres de familia esta pregunta, ¿en qué virtudes debo de educar a mis hijos? La respuesta no se concreta en una sola virtud. Es preciso plantearles la ambición noble de que sus hijos luchen por crecer en todas las virtudes: fortaleza, generosidad, sinceridad, alegría, optimismo, constancia, espíritu deportivo, buen humor, etc. porque todas son importantes y mutuamente se complementan.


Pero hay que llevarles de la mano, por un plano inclinado, con paciencia, prudencia y haciéndoles ver que todo ello a la postre contribuirá en tener una personalidad fuerte -con temple y carácter- bien determinada.

Pero nunca los hijos deben de sentir como una “imposición” esa formación sino como una amable invitación, unas cariñosas sugerencias en un clima de libertad y yendo los padres por delante con el buen ejemplo.

A edad muy temprana los hijos observan y se fijan en todo. Y se les quedan grabados los buenos ejemplos. Tenía una tía muy generosa –ya falleció- que en cierta ocasión que la acompañé al supermercado llenó dos bolsas con alimentos suficientes para una semana porque tenía una familia numerosa. Al salir de las compras, una señora de escasos recursos le comentó que la estaban pasando bastante mal ella y su numerosa prole. De inmediato, esta tía le entregó estas dos bolsas grandes con alimentos y me pidió que regresáramos al supermercado para volver a hacer las compras. Lo que me llamó la atención es que la tía lo hizo como la cosa más normal, sin presumir y haciéndome ver que era su deber el ayudar a
los más necesitados. Nunca he olvidado este ejemplo de generosidad.

En las temporadas de curso invierno en mi natal, Valle del Yaqui, con temperaturas bajo cero, con frecuencia mi padre nos levantaba temprano, a mi hermano y a mí, para que fuéramos a comprar a un almacén 300 ó 400 cobijas para distribuirlas entre personas menesterosas en colonias modestas que sabíamos que estaban pasando mucho frío. Son inolvidables esos rostros de agradecimiento que se me quedaron grabados al ir entregando esas mantas casa por casa. Pero la lección nos la dio nuestro padre cuando nos explicaba de madrugada: “No he podido conciliar sueño sabiendo que cientos de personas están pasando tanto frío”.

En muchos hogares se respira un ambiente de alegría, optimismo y buen humor pero no surge por “generación espontánea” sino por el esfuerzo cotidiano que ponen los padres para que, a pesar de las normales dificultades que la existencia nos presenta, el amor y el perdón siempre salgan victoriosos y eso lo asimilen sus hijos porque es la mejor herencia que se les deja para toda la vida.

LATINOAMÉRICA: VIOLENCIA, POLÍTICA Y RELIGIÓN

P. Mario Arroyo,
Doctor en Filosofía.
p.marioa@gmail.com

Nadie puede dudar de que estamos viviendo momentos críticos en Latinoamérica, en lo que a estabilidad social y política se refiere. Padecemos ahora una situación análoga a 1968, cuando se multiplicaron las protestas estudiantiles, frente a un malestar social difuso, donde el culpable no tenía nombre propio, pues era la estructura de la misma sociedad. Por eso no se sabía, ni se sabe, cómo hacer frente a las protestas, ni qué medidas se tienen que tomar para solucionar la situación: si todo está mal, lo que hay que hacer es patear el tablero y cambiar las reglas del juego.


Ahora bien, en este confuso y explosivo cocktel, han confluido tres ingredientes heterogéneos: violencia, política y religión. La religión, muy a pesar de las personas religiosas, formen parte de la estructura eclesiástica o sean parte del pueblo creyente, ha sido involucrada, sin quererlo ni buscarlo, como blanco de acciones violentas. Se la considera parte del sistema a dinamitar; pieza política con la que jugar y hacer presión. Las personas de fe, confundidas, vemos como hordas de enfervorizadas feministas arremeten contra elementos religiosos (Argentina, Chile, México, Colombia, Ecuador) o, por contrapartida, cómo la autoridad política la amedrenta y reprime (Nicaragua).

Por ambas partes la pacífica expresión de la propia fe sufre vejaciones, represiones y violencia. Quizá los casos más dolorosos sean los de Argentina y Chile. En Argentina, desde hace años, la causa por la despenalización del aborto y la defensa de la mujer ha visto en la Iglesia su chivo expiatorio. Las marchas suelen incluir una fuerte dosis de violencia religiosa, ya sea realizada contra monumentos religiosos, o parodiada de forma burlesca, por ejemplo, escenificando un aborto por parte de la Virgen y haciendo mofa de la fe. 

En Chile es quizá más doloroso, pues las protestas populares se han decantado, con frecuencia, por la quema de Iglesias, para reivindicar causas que nada tienen que ver con la institución religiosa. Lo doloroso es que son personas del pueblo las que destruyen sus propios templos. En Nicaragua, en cambio, es la pasividad cómplice del régimen, que desde lejos pilota formas de intimidación sobre la Iglesia, según el típico esquema de los gobiernos comunistas, represores por antonomasia de la fe.

La religión es usada entonces como comodín político, para atraer la atención popular y de los medios sobre la manifestación y su causa. Se ve como el alma de un sistema que es preciso destruir, aprovechándose de su propio discurso pacifista y de unión, así como de su dependencia del Estado en lo que a seguridad se refiere. Pero el Estado está preso de lo “políticamente correcto”, tiene horror a ser tildado de “represivo” y prefiere contemplar, impávido, la violencia y destrucción de los edificios religiosos, en vez de proteger el orden social, como es su deber fundamental. Prefiere no intervenir y aceptar la destrucción de los templos, el patrimonio cultural y artístico, así como los negocios de la gente honesta, que paga sus impuestos, sin ser protegida por el orden público.

Las autoridades religiosas no encuentran más camino que realizar continuos y estériles llamados a la paz y la concordia. No entienden por qué son blanco de violencia, ni qué tendrían que hacer para evitarlo. No pueden llamar directamente a defender los símbolos religiosos, pues sería una invitación a la confrontación, un responder a la provocación que legitimaría a la violencia como forma de resolver conflictos. El Estado hace cálculos políticos y prefiere no intervenir, han sido finalmente los fieles quienes se han unido espontáneamente para defender lo que es suyo y consideran valioso, intentando evitar cualquier confrontación, respondiendo con rosarios a los insultos y salivazos.

Como siempre, de las realidades negativas algo positivo se puede obtener. Así, al ser involucrada inapropiadamente como pieza política en un reclamo social en el que no viene a cuento, muchas personas ven vandalizada a su Iglesia, a sus templos, a su patrimonio cultural. Ello les lleva a defenderlo. 

Es decir, la violencia inopinada contra la religión fomenta en muchas personas el revalorarla, redescubriendo que para ellos es importante y tiene derecho de ciudadanía, debiéndose defender. No deja de ser triste, sin embargo, que muchas jóvenes tomen esa actitud irracional, violenta e incivilizada para hacer reclamos; no deja de ser triste la cobarde complicidad de las autoridades políticas, cuando no su sorda oposición a la libertad religiosa; no deja de ser triste el hecho de que no podamos resolver nuestros problemas de manera civilizada.

Es dolorosa, sobretodo, la pérdida del sentido de lo “sagrado”; es decir, de las realidades que se sustraen del uso común dada la excelsitud de su naturaleza. Tratar a la religión como peón en el tablero político, supone el sacrificio de la única realidad sagrada que quedaba en la cultura y la sociedad.

PROTEGER TODA VIDA: SONREÍR POR LA PAZ

Pbro. José Martínez Colín, 
articulosdog@gmail.com

1) Para saber

«La revolución del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco veces al día a quien en realidad no quisieras sonreír. Debes hacerlo por la paz». Estas palabras de la santa Madre Teresa de Calcuta nos recuerdan que todos podemos colaborar para que haya más paz en el mundo.


Después de su viaje pastoral a Tailandia y Japón, el Papa Francisco se refirió a Tailandia como el pueblo de la “hermosa sonrisa”. Mencionó que le llamó la atención que es un pueblo donde la gente sonríe y podemos imitarlos.

Al visitar Japón, en Nagasaki e Hiroshima, le conmovió el testimonio de algunos supervivientes del bombardeo nuclear de la Segunda Guerra Mundial. Por ello llevó como lema “Proteger cada vida”, a un país que lleva las “cicatrices del bombardeo atómico y que es el portavoz del derecho fundamental a la vida y a la paz”.

2) Para pensar

Yoshiko Kajimoto es una de los supervivientes a la bomba atómica y relató su dolorosa experiencia: “Cuando nos bombardearon, yo tenía 14 años y era una estudiante de tercer año de secundaria. En ese momento, me encontraba fabricando piezas para hélices de aviones. En el momento en que una luz azul entró por la ventana, pensé que era una bomba. 

Entonces, la fábrica se derrumbó con un fuerte ruido y me desmayé. Era consciente de los gritos de mis amigos, pero estaba oscuro y no podía moverme porque estaba enterrada bajo madera… Intenté escapar, pero mi pie derecho estaba atascado en la madera. Cuando finalmente lo saqué, mi espinilla estaba rota y sangrando mucho. Al salir, todos los edificios de los alrededores estaban destruidos. Estaba oscuro como si fuera de noche y olía a pescado podrido.

Se produjo un incendio y los amigos que no podían caminar fueron
evacuados en camillas. Ayudé a llevar uno. En el camino, había personas que caminaban juntas como fantasmas, personas cuyo cuerpo entero estaba tan quemado que no podía diferenciar entre hombres y mujeres, sus cabellos de punta, sus rostros hinchados hasta el doble de su tamaño, sus labios colgando, con ambas manos extendidas y la piel quemada colgando de ellos. Nadie en este mundo puede imaginar tal escena infernal. 

En los días siguientes Hiroshima se había convertido en un crematorio. Durante mucho tiempo no pude eliminar el mal olor de las personas cremadas de mi cuerpo y de mi ropa”.

La familia y amigos de Yoshiko murieron por efectos de la bomba.

Ella misma de 74 años, debido a la radiación, sufre de leucemia y cáncer. No obstante, lucha arduamente por la paz, para dar testimonio de no utilizar esas terribles bombas atómicas ni permitir que nadie experimente tanto sufrimiento.

3) Para vivir

Después de esa tragedia nuclear, Japón demostró una extraordinaria capacidad para luchar por la vida, e incluso recientemente, después de la triple catástrofe de 2011: terremoto, tsunami y accidente en una central nuclear, comentó el Papa.

Además de condenar las armas nucleares, el Papa advirtió que hoy la grave amenaza, en los países más desarrollados, es la pérdida del sentido de la vida. Invitó a amar la vida, superar cualquier miedo y abrirse al amor de Dios, rezando y sirviendo a los demás.

MÉXICO NECESITA CIRCULARIDAD DE FE Y RAZÓN

Mtro. Rubén Elizondo Sánchez,
Departamento de Humanidades de la
Universidad Panamericana. Campus México.
rubeliz@up.edu.mx

S. Juan Pablo II escribe: “Por esto, he considerado justo y necesario subrayar el valor que la filosofía tiene para la comprensión de la fe y las limitaciones a las que se ve sometida cuando olvida o rechaza las verdades de la Revelación” (Fides et Ratio, n.100).


La relación debe estar marcada por la circularidad. Un círculo es una figura de dos dimensiones que se realiza dibujando una curva que está siempre a la misma distancia de un centro. En este sentido, se puede considerar que el centro es la Verdad (y la verdad), por lo cual la equidistancia sería el esfuerzo por igual de la fe y la razón como actividades humanas.

En realidad ambos son esfuerzos, pero el primero favorece la búsqueda humana de la verdad, mientras que el segundo al margen del primero pierde irremediablemente la equidistancia al centro, su justo medio.

Llegamos así a otra idea que me interesa esbozar y que puede ser inicio de nuevos planteamientos y ramificaciones. Si Dios es el ser más inevitable (Kant), los intelectuales –porque todos los somos— que se precian de ser depositarios de la cultura greco-latina-católica ¿por dónde habrían de orientar los esfuerzos del pensamiento?

Me parece que para ser intelectual en la cultura tridimensional a la que pertenecemos primero hay que ser cristiano o, al menos, aceptar y respetar la ley natural-moral. Para pensar desde la fe primero hay que pensar la fe, es decir, hacerla pensamiento que construye una cultura de convicciones propias.

Una fe que no se hace cultura no es una verdadera fe. Un intelectual cristiano no puede ser un fideísta, tiene que saber la fe. Un gran número de intelectuales cristianos son muy poco existencialmente cristianos, no practican la fe, carecen de “unidad de vida”, virtud que imprime fuerza y fundamento al pensar cristiano. No se trata de formar solo cabezas griegas sino de formar cabezas cristianas, lo cual implica conocer a fondo el conjunto de la riqueza cultural de nuestras raíces.

Dicho de otra manera, quien forma cabezas cristianas forma también cabezas griegas pero va más allá, sin detenerse en ese logro. Y ha de conocer a fondo las verdades cristianas para dar a entender la lógica de la fe, la lógica de la experiencia cristiana que es también la lógica de la “unidad de vida”. Porque el compromiso con la verdad es con toda la verdad, no solo con una parte de ella.

De esta forma se logra la unidad y la continuidad circular entre naturaleza y gracia, entre razón y fe. Fides quaerens intellectum, la fe que busca entender. 

Hasta aquí he procurado hilvanar solo algunas ideas, y éstas desde la perspectiva de la filosofía implícita.

Por último, deseo recoger en las siguientes colaboraciones algunos argumentos que esgrimen con frecuencia los intelectuales no cristianos contra los intelectuales cristianos.