martes, 23 de abril de 2019

LA IRA: UNO DE LOS OCHO ESPÍRITUS MALVADOS

Mtro. Rubén Elizondo Sánchez,
Departamento de Humanidades de la
Universidad Panamericana, Campus México.
rubeliz@up.edu.mx

La Ira es un espíritu malvado que cuando sale del justo medio y crece en exceso puede convertirse en furia o violencia incontrolable.


En los seres humanos, la ira es una emoción o pasión del apetito irascible que se caracteriza por la unión personal con un mal inevitable en tiempo presente y que genera deseos de venganza.

“La ira es una pasión furiosa que con frecuencia hacer perder el juicio a quienes tienen el conocimiento, embrutece el alma y degrada todo el conjunto humano”, escribió Póntico.

La ira fuera de cauce, en exceso, nubla el conocimiento al grado de aturdir el juicio sereno tan necesario cuando se deben tomar decisiones en asuntos importantes de la vida: la familia, un cambio o problema de trabajo, corregir a alguien, etc.

Aunque es natural el deseo de venganza, “ojo por ojo, diente por diente”, la ira suele desquiciar la toma de decisiones por influjo del deseo de satisfacer el agravio padecido sin pensar las consecuencias de los actos.

Suele suceder que al volver la ira a su cauce natural, la persona iracunda recapacita sobre el atropello cometido y regresa a pedir disculpas por la extrema violencia cometida. “No me dí cuenta de lo que hacía”, dice en descargo de sus actos.

“El agua se mueve por la violencia de los vientos y el iracundo se agita por los pensamientos alocados”.

Los pensamientos alocados son ideas desproporcionadas a partir de las cuales valoramos equivocadamente un evento que nos ocurre en la vida diaria. Se trata de una fusión de circunstancias negativas que genera enojo e indignación con deseos de vengarse por cuenta propia.

Este espíritu malvado induce al mal humor. En ocasiones, la ira suele ser necesaria por lo cual es buena, siempre y cuando sea por el motivo correcto, con la intensidad adecuada y por el tiempo oportuno.

Convertir la ira en actitudes positivas solo se logra cuando ésta emoción se mantiene en su justo medio.

Cuando sale de cauce por hipertrofia, se convierte en espíritu malvado que destruye en primera instancia a quién la padece y en seguida trastorna el buen ambiente en los grupos sociales a los que se pertenece por condición natural o situación social.

lunes, 22 de abril de 2019

UNA AVENTURA INCREÍBLE EN LOS ANDES

Pbro. José Martínez Colín,
articulosdog@gmail.com

1) Para saber

El Papa Francisco reflexionó en la Semana Santa sobre algunas palabras con las que Jesús rezó al Padre durante la Pasión. Recordó cómo Jesús, después de la Última Cena, entró en el huerto de Getsemaní y ahí le rezó al Padre. Mientras los discípulos no lograban estar despiertos y Judas estaba por llegar con los soldados, Jesús comenzó a sentir “miedo y angustia”. Experimentó toda la angustia por lo que le espera: traición, desprecio, sufrimiento, fracaso, soledad, la muerte…


Estando Jesús ante esa gran tribulación y desolación, se dirige al Padre con la palabra más tierna y dulce: “Abbá”, o sea, papá. En la prueba, Jesús nos enseña a abrazar al Padre, porque en Él está la fuerza para seguir adelante en el dolor. En la fatiga y desolación, la oración es alivio, confianza, consuelo.

2) Para pensar

En nuestros momentos de dificultad, nuestros “Getsemanís”, Jesús nos enseña a acudir confiadamente a nuestro Padre Dios.

Sucedió hace años en la sierra de los Andes, donde las comunidades están muy distanciadas y no suele haber carretera, sino que se ha de ir cabalgando por la montaña cruzando barrancos y lomas. Un sacerdote estaba encargado de atenderlas. Con frecuencia hacía más de un día para ir de una a otra. 

En una ocasión el sacerdote se perdió en la puna andina del Perú por donde misionaba.

No sabiendo qué hacer, se encomendó a su ángel de la guarda y dejó que el caballo siguiera su instinto. La noche se venía encima y la temperatura se volvía heladora, pero de repente vislumbró una débil luz. Se acercó y era una pequeña choza semienterrada en el suelo.

Salió un indígena casi a gatas con una linterna de queroseno en la mano. El sacerdote trató de disculparse: “Perdón, pero estoy perdido…” Pero al hombre le brillaron los ojos y le interrumpió: “No andas perdido, padrecito. Es la Divina Providencia quien te trae. Mi mamacita hace días que no para de rezar a nuestro Padre Dios para que vinieras. Está muy malita; entra no más”. 

Allá, en el interior, yacía agonizante la viejecita. La confesó y estuvo junto a ella hasta que falleció. Lo último que la mujer dijo,
fue: “El Papacito Lindo me ha escuchado”. La buena mujer se había encomendado a su Padre Dios que la atendió hasta el final (cfr. S. Valero, “Yauyos. Una aventura en los Andes”).

Dios Padre siempre nos escucha, pensemos si solemos acudir a Él en nuestras necesidades.

3) Para vivir

Comenta el Papa Francisco que cuando estamos en nuestros Getsemanís, a menudo elegimos quedarnos solos en lugar de decir “Padre” y confiarnos a Él, como lo hizo Jesús. Nos hace falta confiarnos a su voluntad, que es nuestro verdadero bien.

Cuando en la prueba nos encerramos en nosotros mismos, dice el Papa, excavamos un túnel interior y nos quedamos en la soledad.

Pero la soledad no ofrece salidas. En cambio, la oración, sí, porque es relación, es confianza. Jesús lo confía todo y todo se confía al Padre.

Cuando entremos en nuestros Getsemanís, cada uno tiene sus propios Getsemanís, o los ha tenido, o los tendrá acordémonos de rezar así: “Padre”.

El Papa nos invita a pedir al Señor que la celebración de la Pascua nos impulse a vivir confiando al Padre las pruebas que nos afligen.

miércoles, 17 de abril de 2019

¿CUÁL ES EL SIGNIFICADO PROFUNDO DEL SÁBADO SANTO?

P. Mario Arroyo,
Doctor en Filosofía.
p.marioa@gmail.com

Cada año los cristianos celebramos la Semana Santa, recordando y volviendo a hacer presentes, en cierta forma misteriosa pero real, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, los eventos que nos abrieron las puertas de la vida eterna. En medio de esas jornadas se encuentra un día “alitúrgico”, el Sábado Santo, anteriormente llamado “Sábado de Gloria”, que ha recuperado su carácter penitencial y de ayuno.



En el Sábado Santo no hay propiamente liturgia, es decir, el oficio de adoración y alabanza a Dios. La Iglesia enmudece mientras contempla, pasmada, el Cuerpo muerto de Jesús en el sepulcro. 

La Iglesia calla y contempla, asombrada, el precio de nuestros pecados y la generosidad de Dios. El Sábado Santo con su silencio transmite un mensaje elocuente, cargado de simbolismo y significación para el hombre de hoy: podríamos decir que el mundo en general y la Iglesia en particular experimentan ahora un enorme e impresionante Sábado Santo.

En la liturgia de las horas, oración que todos los sacerdotes rezan habitualmente, el Sábado Santo se lee una antigua homilía, donde dice: “Un gran silencio envuelve la Tierra; un gran silencio y una gran soledad”. 

En efecto, es el día del silencio de Dios por excelencia. Enmudece la divinidad ante la magnitud de lo que hemos hecho los hombres: hemos matado a Dios y nos quedamos como si nada, como bien observó Nietzsche. 

Pero ello nos deja abrumadoramente solos en un inmenso universo. Si anteriormente Dios hablaba al hombre con milagros y revelaciones, finalmente nos habló con su Hijo; lo hemos asesinado y ahora calla. 

Pero ese silencio parece prolongarse por los siglos y hacerse más agudo en una época como la nuestra, época del silencio de Dios.

El hombre intenta ahogar ese silencio con una febril actividad, buscando ocupar el lugar de Dios, redimirse, salvarse a sí mismo, hacerse, en definitiva, dios, como agudamente observa Juval Noah Harari. 

Pero ese dios es un ídolo fatuo y desesperado, arrojado en un universo frío y carente de sentido, angustiado por la premura de crear significado donde no lo hay. 

Los sucedáneos de la auténtica salvación, la nueva religión se podría decir, son el progreso y la ciencia. Pero siendo ricos valores humanos, fracasan estrepitosamente a la hora de dotar de sentido a un universo carente de él. 

Incluso las promesas utópicas de convertirnos en a-mortales gracias a los avances científicos, aparecen finalmente como una maldición, como forma de prolongar indefinidamente la agonía del vacío y la soledad en el universo.

Quisiéramos que Dios hablara, se manifestara, querríamos tocarlo. Pero ya se manifestó de forma definitiva en su Hijo, y lo matamos. Ya pronunció su Palabra, y no lo escuchamos. 

Ahora debemos descubrirlo en su silencio. La oración arriba mencionada recuerda lo que confesamos los domingos en el Credo: “descendió a los infiernos”, bajó a encontrarse con Adán y los justos que ya habían muerto, para que, al contacto con su Alma, quedaran redimidos y llevarlos al Cielo. 

En esa oración se entabla un diálogo, donde Cristo toma de la mano a Adán y, levantándolo, le dice:

“Despierta, tú que duermes, levántate”. Jesús levanta siempre al hombre de su postración. 

Ahora también quiere levantarnos con su silencio. Pero nos pide fe. Silencio de Dios ante tanto sufrimiento, tantas injusticias, tanta prepotencia del poder, tanta muerte. 

Silencio de Dios ante esa masacre silenciosa de los abortos, ante esa disolución social de la familia, ante la pérdida de sentido y valor de la vida en la eutanasia, ante el orgullo humano que manipula las fuentes de la vida tratándolas como si fueran un insumo de producción, o mercancía de mercado. 

Silencio ante las guerras, las injusticias y la muerte. Silencio en la Iglesia, que ya no puede hablar para defender a los débiles, pues deja de ser “luz de las naciones” al ser opacada por los escándalos que la despojan de credibilidad, siendo la pedofilia el más oscuro de ellos. 

Clamamos y Dios parece callar, de forma que nos sentimos solos en el universo, abandonados a nuestra suerte.

Protagonista silenciosa del Sábado Santo es María. Sólo ella mantiene la fe ante el escándalo de Cristo muerto y sepultado. Sólo ella cree y espera, y mantiene encendida la vela del amor a Jesús.

 Hay que dejarnos tomar de su mano, para que ella nos lleve a Jesús y, cada hombre en particular y la Iglesia en su conjunto, pueda levantarse de nuevo, en el albor definitivo de la resurrección, plenitud de luz y de sentido.

PERDONAR ES ACABAR CON EL ODIO Y EL RESENTIMIENTO

Pbro. José Martínez Colín,
articulosdog@gmail.com

1) Para saber

Se cuenta que en cierta ocasión el demonio acusó a Dios de injusto: “No hay derecho. Yo te ofendí una vez y estoy condenado para siempre. En cambio, los hombres te ofenden miles de veces y miles de veces, y siempre, les perdonas”. Ante esa acusación Dios simplemente le preguntó: “Y tú, ¿acaso me has pedido perdón alguna vez?”




El Papa Francisco dedicó ahora su catequesis al perdón que pedimos en el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Después de pedir el pan de cada día, ahora pedimos el perdón, también cada día. 

Necesitamos ambas cosas. Hemos de reconocer que muchas veces nuestro actuar no corresponde a la Voluntad divina. Hay pecados de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión, como reconocemos al empezar cada Santa Misa. 

Pues la actitud más peligrosa de toda vida, dice el Papa, es la soberbia que nos hace creer que somos perfectos, que no tengo nada de qué arrepentirme. El soberbio cree que hace todo bien y por eso critica a los demás.

2) Para pensar

En una ocasión un ex-prisionero de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia.

Tras saludarse como hermanos, la conversación recayó sobre los recuerdos de la injusta prisión, el horror y crueldad de los guardias.

El visitante le preguntó a su amigo: “¿Has perdonado ya a los nazis?”

Su amigo le contestó: “Pues no. Aún sigo odiándolos con toda mi alma”. Su amigo le dijo apaciblemente: “Entonces, aún siguen teniéndote prisionero”.

Es preciso perdonar para romper con el lazo del resentimiento que no nos deja estar en paz.

3) Para vivir

Contaba el Papa Francisco que había una vez un convento de monjas, siglo XVII, en la época del jansenismo: eran perfectísimas y se decía que eran purísimas, como los ángeles, pero soberbias como demonios. 

Aunque la soberbia no se ve, es algo muy feo, hace suponer que somos mejores que los demás. Pero ante Dios todos somos pecadores como escribe San Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1, 8).

Ante Dios siempre somos deudores, por lo mucho que hemos recibido: la existencia, un padre y una madre, la amistad, las
maravillas de la creación… Y porque todo aquello que hacemos, incluso amar, lo hacemos con la gracia de Dios. 

Ninguno de nosotros brilla con luz propia. Es lo que se le conoce como “el misterio de la luna”, referido tanto a la Iglesia, como a cada uno de nosotros: Así como la luna no tiene luz propia, pues refleja la del sol. 

Así tampoco nosotros tenemos luz propia, sino reflejamos la luz de Dios. Amamos, porque hemos sido amados; perdonamos, porque hemos sido perdonados.

Ninguno ama tanto a Dios como Él nos ha amado. Basta ponerse ante un crucifijo para comprender la desproporción: Él nos ha amado y nos ama siempre a nosotros primero. 

Por ello, el Papa nos anima a no dejar de mirar a Cristo en la Cruz, para que su amor purifique todas nuestras vidas y nos libre del orgullo de pensar que somos autosuficientes. 

Así, la gracia de la resurrección de Cristo transformará totalmente nuestra vida

viernes, 12 de abril de 2019

¿QUÉ SIGNIFICA REALMENTE LA SEMANA SANTA?

Raúl Espinoza Aguilera,
@Eiar51

Para algunos ciudadanos la Semana Santa se reduce simplemente a un tiempo de descanso, incluso hay quienes la denominan “Vacaciones de primavera” con la finalidad de erradicar cualquier asomo de cristianismo.


¿Cuál es el significado profundo de este tiempo en que tradicionalmente se le ha denominado también como “La Semana Mayor” o “Los Días Santos”?

La Semana Santa se centra en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Dicen los Papas Francisco y el Papa Emérito, Benedicto XVI, que algunos desearían “un cristianismo sin cruz” o “un cristianismo a la carta”, similar a como ocurre en un restaurante, en que el comensal que está leyendo los platillos que se ofrecen, se decide por uno o dos. 

Así podría suceder con los Diez Mandamientos y que alguno comentara: “Bueno, esto de amar a Dios (Primer Mandamiento) me
parece bien, muy bonito; pero estos que dicen: “No robarás”, “No desearás a la mujer de tu prójimo”, “No mentirás”, o “No cometerás actos impuros” -es decir, serios desórdenes en materia de sexualidad-, como que ya no me gustan o no me convencen…”.

La actitud más dolorosa y dramática de los hombres de nuestro tiempo, es que han perdido la noción de “pecado”. Tanto si constituye una ofensa grave (pecado mortal) o una falta leve (pecado venial). En cualquier caso, lo que se recomienda en estos días, es aprovechar para acudir al Sacramento de la Reconciliación y hacer una buena confesión para recibir las gracias necesarias que nos convierten de nuevo en amigos de Dios.

El Jueves Santo, Jesús se reunió con sus Apóstoles para celebrar “La Última Cena”, que tuvo una enorme importancia porque constituyó la Primera Misa donde el Salvador se entregó a la humanidad ofreciendo el pan y el vino con estas inolvidables palabras: “Tomen y coman todos de Él, porque esto es mi Cuerpo…”. Y luego con el cáliz en sus manos, dijo: “Tomen y beban todos de Él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, (…) que será derramada por ustedes y muchos hombres para el perdón de los pecados”. En ese momento, aquel trozo de pan y aquella porción de vino se convirtieron en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. 

En esa solemne ocasión llamó a sus Apóstoles “amigos” y externó su gran afecto por cada uno de ellos, que en ese momento representaban a la humanidad entera.

Al día siguiente, Viernes Santo, sufrió todo tipo de insultos, malos tratos, burlas, fue condenado a la muerte más dolorosa e ignominiosa: cargar una cruz y ser clavado en ella a la vista de todo el pueblo como se acostumbraba castigar a los peores malhechores en esa época. 

Muchos teólogos afirman que hubiese bastando con que Jesús realizara algún acto de penitencia para consumarse la Redención del género humano. Pero Él quiso mostrar el inmenso e infinito amor que nos tiene a cada uno de nosotros derramando hasta la última gota de su Sangre, como escribió San Pablo: “(Dios) me amó y se entregó (hasta la muerte) por mí” (Gálatas 2,20).

El Domingo de Pascua, Jesús venció a la muerte mediante su Resurrección gloriosa. Se había consumado entonces la obra de la Redención. Ya nos podríamos llamar “hijos queridísmos de Dios”.

Por ello, se recomienda también aprovechar estos días para meditar reposadamente los Santos Evangelios que abordan dichos pasajes. De la misma manera, rezar el tradicional del Vía Crucis que contempla -paso a paso- el camino de la Cruz. Es tiempo, pues, de oración y de pequeñas privaciones voluntarias (penitencia) como correspondencia a tanto Amor que recibimos.

Sin duda, ha sido el hecho más trascendental que ha ocurrido desde que existen personas sobre la faz de la tierra. ¿Por qué? Porque como se lee en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis (XXI, 4-7) en el que habla Jesucristo y afirma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. (…) El que venciere poseerá todas estas cosas (el Reino Celestial), y yo seré su Dios y él será mi hijo”.

LOS ACERTADOS CONSEJOS DE UN PAPA EMÉRITO SANTO Y SABIO

P. Mario Arroyo,
Doctor en Filosofía.
p.marioa@gmail.com

Benedicto XVI, ya nonagenario, ha vuelto a romper el silencio, hablando en esta ocasión de un tema espinoso, que pesa sobre su conciencia y mina la credibilidad de la Iglesia: la pedofilia.


Es comprensible que, en el ocaso de su vida, traiga a colación los temas más dolorosos que ha afrontado en su ministerio al servicio de la Iglesia, primero como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y más tarde como Papa. 

Tema que tristemente ha cobrado nueva actualidad, hasta el punto de que Francisco ha tenido una “reunión de emergencia” con los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo para estudiar el modo de afrontarlo, erradicarlo y prevenirlo.

Al final de su existencia, desde la perspectiva que le otorga su vida de oración y retiro, así como su experiencia como teólogo, obispo, prefecto y Papa, ofrece una valiosa contribución, en plena sintonía con el Papa Francisco, a quien facilitó, junto con su Secretario de Estado, el Cardenal Parolin, el texto antes de su publicación.

El final de la vida de Benedicto XVI ha estado marcado por este doloroso escándalo. En el sugestivo arco de tiempo que va desde el Viacrucis del 2005, dirigido por él ante la incapacidad física de san Juan Pablo II al momento presente, ha tenido que lidiar con este triste problema.

Suenan plenamente actuales las sugestivas y proféticas palabras que pronunció en la novena estación de ese Viacrucis: “¿Qué puede decirnos la caída de Jesús bajo el peso de la cruz?... ¿No deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia?... ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él!”

En su momento estas enigmáticas palabras consternaron a algunos; hoy, tristemente, vemos que eran una premonitoria realidad.

El nuevo texto del Papa Emérito se divide en tres partes: las causas y el contexto de esta crisis, cómo afectaron a la formación de los sacerdotes y, finalmente, unas sugerencias para afrontar adecuadamente el problema. 

Muy resumidamente puede decirse que el contexto de la crisis es la revolución sexual de la sociedad, hija de los años sesenta del siglo veinte. Sobrecoge ver el impacto que esta revolución tuvo en la vida de la Iglesia, más en la pluma de alguien con la autoridad de Benedicto XVI, que lo sufrió en carne propia: una honda crisis de autoridad en la Iglesia, agudos desórdenes prácticos y una profunda distorsión en la comprensión y en la enseñanza de la moral dentro de la Iglesia.

Cuando narra cómo se formaron grupos de seminaristas homosexuales, se hicieron manifiestos teológicos de resistencia a la autoridad romana, un rector de seminario que después fue obispo proyectó videos pornográficos a los seminaristas y otros lamentables hechos, nos damos cuenta de la honda crisis que sufrió la Iglesia, de la que apenas ahora estamos pagando la factura. 

Al desorden moral en la práctica se unió la confusión en la teoría. Al abandonarse la ley natural como esquema para explicar la moral, esta quedó a la deriva, al capricho de interpretaciones relativistas que por principio negaban la existencia de absolutos morales. A ello, diabólicamente podríamos añadir, se añadió una insuficiencia en el derecho eclesiástico, que dificultaba retirar del ministerio a los sacerdotes culpables de tan abominable delito.

Benedicto XVI concluye con un llamado esperanzador. Acota que no viene a cuento intentar rediseñar a la Iglesia, pues “una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza”. 

Añade que en la Iglesia siempre ha habido justos y pecadores, trigo y cizaña, peces buenos y malos. Pero no hay que cargar las tintas, hay que saber poner el acento en lo bueno que ofrece y volver a las raíces, a su identidad original. 

Es decir, volver a reconocer a Dios como base de nuestra existencia, pues ha sido su ausencia la que ha propiciado esta clase de crímenes abominables. “Sólo la obediencia y el amor a Jesucristo pueden indicarnos el camino” y, más concretamente, volver a valorar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, es decir, no sólo tener fe, sino vivir de fe.

En la medida en que la Iglesia recupere su identidad y viva de Cristo, se saneará por dentro y volverá a ser creíble, luz de las naciones. 

Por lo pronto no nos queda sino hace nuestra la oración de Ratzinger en aquel lejano 2005: “Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse… Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Ten piedad de tu Iglesia…Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia”.

miércoles, 10 de abril de 2019

LA PEREZA Y SUS SOLUCIONES

Mtro. Rubén Elizondo Sánchez,
Departamento de Humanidades de la
Universidad Panamericana. Campus México.
rubeliz@up.edu.mx

La pereza no consiste solamente en no hacer nada; igualmente es perezoso quien trabaja mucho sin acabar bien lo que debe realizar cada día, aunque emprenda muchas labores durante la jornada. Me parece sugerente considerar que la acción de este espíritu maligno se encuentra en la persona que no cumple lo que debe emprender cada día, aunque demuestre actividad febril en su trabajo.


Si te encuentras atrapado en las arenas movedizas de la pereza, lee con cuidado y reflexiona sobre el siguiente aforismo: “[...] mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo”. Quién persevera llega. Y aunque el resultado radique en lograr la meta como su centro de gravedad, el perseverante sabe disfrutar todo el proceso que conduce al logro final.

Quien es constante en el esfuerzo se descubre a sí mismo tranquilo, sereno, contento. La vida misma nos muestra que dedicamos mucho más tiempo al proceso y recorrido que lleva a la consecución del logro. El resultado es la parte final del camino. Quien persevera disfruta no solo el proceso, también el éxito.

Dice el dicho: “La pereza es la madre de la vida padre”. En contraposición a tal afirmación recordemos la famosa sentencia: “La pereza es la madre de todos los vicios”. ¿Por cuál de los dos refranes apostamos? Sin duda, evitar el segundo.

El siguiente aforismo puede aportar luz a la disyuntiva: “Cuando lee, el perezoso bosteza mucho, se deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y [...] finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.”

Cuando el perezoso lee comienza a bostezar, luego brota el sueño      –esto es así porque no hay hábito de perseverancia- y enseguida se desparrama sobre el confortable reposet o a lo largo de la cama, porque depende en cual lugar descubra mayor comodidad para leer mejor.

Se frota los ojos pues descubre que su habitación carece de la iluminación necesaria. Mejor se fija en la pared, pero en la de enfrente para no torcer el cuello...intenta reanudar la lectura no sin antes contar las páginas que le faltan –en vez de animarse por las hojas que ya leyó- y, finalmente, es engullido todo él por las arenas de la pereza.

No es de extrañar que cuando despierte, muestre un genio de los mil demonios y las preocupaciones inicien una danza infernal en todo el complejo neuroquímico de las dendritas y sinapsis cerebrales.

En realidad, quién no vence la pereza haría mejor en olvidarse por completo de su loable visión emprendedora. O, por el contrario, decidirse a lograr metas cada día, grandes o pequeñas, pero constantes. 

Anclado en las arenas de la pereza, la visión emprendedora es meritoria, pero individualmente incompatible.

La conciencia de la brevedad de la vida, la autodisciplina, y el brío para actuar con notable constancia remedian la molicie y la comodidad que impone este espíritu malvado.